Escribo de nuevo, después de haber estado seis días literalmente “en la cueva”, estirada en casa. Pasó una cosa curiosa: el día después de anunciar este nuevo espacio, Palabras desde la cueva, tuve otra de mis lumbalgias, con un nervio atrapado en la base de la columna, parándome por completo.
Tenía planificado un viaje a Alemania para participar en una formación de danza y dar un taller para un grupo de mujeres en Berlín, seguido de mi retiro inspirado en el mito de Inanna. Junto con otro imprevisto allí, tuve que anularlo todo y durante una semana, he estado muy quieta en casita. Además, el resto de la familia fuera.

Ahora que ha bajado la intensidad del dolor, vuelvo a este espacio simbólico de la cueva como lugar acogedor que me permite integrar y poner palabras a tanto movimiento interno estos días.
Hay mucho que me gustaría compartir contigo sobre los mensajes que he recibido de mi cuerpo y de las memorias que guarda. De lo que nuestros cuerpos pueden estar expresando y somatizando. De momento son apuntes en mi diario, y los guardaré para otro momento.
Lo que sí quiero compartir hoy son algunas reflexiones sobre ese estado receptivo y vulnerable que a veces nos visita de forma inesperada durante un tiempo, quizás corto o más largo.
Estos días me ha salido en varias ocasiones un llanto profundo, desde un lugar muy adentro, que me doy cuenta que llevo tiempo conteniendo. Olas de lágrimas bloqueadas dentro de mi cuerpo, congeladas en mis lumbares y caderas…En mi corazón.
Desde el sofá de nuestro salón, debajo del cuadro que tenemos de la Virgen de Montserrat -sosteniendo el mundo en su mano-, llevaba días siguiendo el viaje por el mediterraneo de la Flotilla de la Libertad hacia la costa de Gaza. Un pequeño barco llevando leche en polvo para bebes, medicamentos y toneladas de amor y solidaridad al pueblo palestino, al borde del colapso total.

Estas 12 personas nobles y valientes, arriesgando su vida, han despertado de nuevo en mí el fuego de mi parte activista. Y aunque fueron detenidos ilegalmente por fuerzas israelíes en aguas internacionales, para millones de personas alrededor del mundo, han roto el hechizo de la impotencia y del silencio.
Necesito escribir hoy… Y a la vez, siento que no me fluyen las palabras, voy muy lenta con cada frase. Hay tantas emociones por dentro: caóticas, crudas, puras, densas… Es como si necesitan ser mecidas, cantadas.
En momentos como este, me aparece la imagen de un gran círculo, sentadas dentro de una gran cueva que nos contiene. Ese lugar seguro donde podemos mirarnos, sin palabras. Escucharnos desde el corazón, y si hace falta, hablar desde el corazón.
Imagino que emergen historias de las diferentes formas en que cada una, cada uno, estamos transformando nuestra impotencia, en actos de amor, de solidaridad. O cómo nos sentimos también paralizadas, o desesperadas, sin tener claro qué hacer, delante de tantas situaciones de injusticia, violencia, destrucción. Delante de este sístema global tan complejo, de la que también formamos parte.
Imagino que compartimos como nos estamos cuidando en el día a día, que es lo que nos permite volver a confiar, volver a nuestro centro, a calmar la tensión y dolor acumulado en el cuerpo. O quizás como nos sentimos totalmente sobrepasadas o desconectadas.

Estos días, en los que han fluido tantas lágrimas, necesito a menudo tumbarme en el suelo. Abrirme a sentir todo el sostén de la tierra bajo mi cuerpo. Aflojar la mandíbula, los hombros, los glúteos. Y rendirme… Rendirme a todo lo que no entiendo, a lo que es demasiado doloroso para integrar, a todas las incertidumbres, al miedo del rumbo que está tomando el mundo, a lo pequeña que me siento a veces.
Justo allí donde estaba tumbada, entró la luz por la ventana, bailando sobre mi corazón, como si estuviera acariciando con su brillo y calor todo este dolor y todo este amor. Sigue habiendo tanta belleza y tanta magia…
Volviendo a ese hermoso círculo que veo, dentro de la cueva, imagino también,-o sobre todo-, un espacio donde poder llorar juntas y juntos. Mientras fluyen mis lágrimas estos días, siento que somos tantas con ese llanto profundo contenido, que a veces parece que nos va a ahogar. Y en realidad es un alivio inmenso permitirlo salir, amorosamente.
Sé que va saliendo… Y que diferente y que necesario, tener un espacio seguro y permitirnos llorar juntas, en comunidad, en tribu, en círculo. Aflojar el corazón. Honrar nuestra empatía y sensibilidad. Honrar tantos duelos acumulados. Seguir transformando nuestro amor en actos tangibles. Seguir alzando nuestra voz.

Siento una llamada profunda de empezar a crear estos espacios, hay algo muy claro que se está gestando en esta dirección. Cueva. Duelos. Rituales. Cantos. Danza. Transformación.
Me encantaría saber si también te resuena y sientes que necesitas estos espacios. Veo un movimiento precioso en esta dirección. Como siempre, puedes responderme por email. Y ahora, dejar un comentario dentro de Substack, así lo vemos entre todas.
Ayer escuché un poema en inglés que me llegó al alma, de una mujer preciosa Scar, sobre este hecho de darle la bienvenida a nuestros duelos, a nuestra pena.
Quizás ya lo viste en mis redes sociales: he grabado un vídeo recitando este poema, que acaba con las palabras “Lloramos, pero no nos ahogamos”. Me gustó mucho hacerlo, una de las muchas maneras de canalizar el dolor. Puedes escucharlo, o leerlo, al final de esta carta. Espero que también te sea un consuelo y un bálsamo.
Por último, dentro de dos semanas, del 27 al 29 de junio, estaré viajando hacia el País Vasco para ofrecer mi retiro El Mito de Inanna para transitar la menopausia. Me emociona profundamente volver a las tierras de Euskadi, y escuchar de nuevo a la lengua ancestral de euskera. Por supuesto, ¡estaré visitando cuevas allí! Todavía quedan algunas plazas por si está dentro de tu posibilidades unirte al círculo.
Un cálido abrazo, y gracias por todos los mensajes de apoyo hacia este nuevo espacio
Sophia
Poema “Bienvenida, duelo”
El duelo ha llegado me ha encontrado abierta. Esta vez no me sorprende. Miro la puerta con media sonrisa: "Hola, vieja amiga, bienvenida." He guardado tu taza en el armario bajo el fregadero. Puedes sentarte conmigo y tomar este té. No sé por qué vienes esta vez, pero he pasado suficiente tiempo contigo como para saber que no eres mi enemiga. Bienvenida, pena. Siéntate a la mesa. Prepárate un té. No he tirado ninguna de tus ropas favoritas, ni las zapatillas que te gusta usar cada vez que estás por aquí. Bienvenido, dolor. Te conozco, y al conocerte ya no temo. Tus aguas no romperán mi corazón. En este lugar, tú y yo encontraremos descanso. Bienvenido, duelo. Quédate el tiempo que necesites. Vuelve si tienes que volver. Porque aunque no seamos amigas, no somos ingenuas. Y aunque no seamos amigas, me has enseñado tanto. Así que quédate. Haré una infusión de manzanilla, para calmar nuestros corazones. Nos sentaremos junto a la ventana, hablaremos. Tú me dirás qué duele, querida. Me mostrarás dónde duele más. Me enseñarás, amor mío, lo que necesita sanar. Te conozco. Tranquila. Déjame ver tu cuerpo. Muéstrame las heridas. Cariño, muéstrame las lágrimas. No hay prisa aquí. Estás a salvo. Aquí estás a salvo. Ábrete. Dime dónde duele. Dime qué necesita sanar. Tranquila, no te rechazaré, pena. Mírame a la cara. No temo tus lágrimas, ni tus pozos, ni la lluvia. Tranquila. Estás en casa. Y cuando hayas sanado, y tu sonrisa se asome entre las lágrimas, si quieres, puedes irte. O quedarte un poco más. Nos sentaremos junto al fuego. Te prepararé un té de hibisco. Y me contarás cómo se siente llevar el corazón del mundo. Tranquila, dolor. Eres bienvenida aquí. Porque aquí lloramos, pero no nos ahogamos. Lloramos, pero no nos ahogamos. Gracias Scar. @scar_poetry Puedes escuchar la versión original en inglés aquí.




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