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la Doncella

Reafirmar nuestras raíces indígenas europeas, de Lyla June

Cómo la humanidad se enamoró de sí misma una vez más

 

 

Artículo de Lyla June, publicado en The Moon Magazine en inglés

Traducido por Warmichaski para el Blog de Mujer Cíclica

 

Paso mucho tiempo honrando e invocando a mis antepasadas~os nativos americanos. Soy muy consciente de que el pueblo de mi padre también tiene una medicina venerable. Él tiene ascendencia de la Gran Tierra Nativa Sagrada de Europa.

Me han llamado mestiza. Me han llamado chucho. Impura. Me han dicho que mi sangre mixta es mi perdición. Que estoy maldita por tener una india como madre y un vaquero como padre.

Pero un día, mientras estaba sentada en la casa ceremonial del pueblo de mi madre, una maravillosa revelación aterrizó delicadamente dentro de mi alma. Escuché dentro de mí una canción que todavía resuena. Una canción tejida de las voces de mis abuelos y abuelas europeos. Sus canciones estaban hechas de amor.

Me cantaron su vida antes de los juicios por brujería y antes de las cruzadas. Me hablaron de un tiempo anterior a las servidumbres y a los diezmos romanos. Me hablaron de un tiempo antes de la peste; antes de los Medici; antes de la guillotina; un tiempo antes de que su pueblo fuera extinguido o esclavizado por fuerzas oscuras. Me hablaron de un tiempo anterior a la existencia de la lengua inglesa. Un tiempo que la mayoría de nosotras~os hemos olvidado.

Estas abuelas y abuelos pusieron la antigua medicina de la piedra azul galesa sobre mi dolorido corazón. Sus cantos bailaban como la luz parpadeante de las hogueras de las cuevas toscanas. Sus risas alegres resonaban una y otra vez como las olas del Báltico contra las costas escandinavas. Hicieron volar mundos por mi mente como la nieve barrida por el viento sobre las crestas de las montañas alpinas. Me mostraron el vasto y hermoso mundo de la Europa indígena. Este precioso mundo apenas se puede encontrar en ninguna literatura, pero vive silenciosamente dentro de nosotras~os como un sueño que no podemos recordar del todo.

Mientras todo esto ocurría, me asomé a las llamas de la chimenea de nuestro hogan Diné. Estas voces de la Antigua Europa susurraban a mi corazón para ayudarme a entender. «Ves, nuestras canciones no son tan diferentes de tus canciones diné», parecían decir con una sonrisa.

En ese momento, el momento en que reconocí y conecté por primera vez con mis hermosas~os antepasadas~os europeos, no pude hacer otra cosa que llorar. Fue uno de esos llantos desordenados, mocosos y estremecedores, en los que mi cara se llenó de lágrimas de alegría y dolor. Era el llanto de una mujer que se encuentra con su abuela por primera vez. Siempre me pregunté dónde estaba. Cómo sería su aspecto. Cómo sonaba su voz. Quién era. Y ahora, por primera vez, podía sentir sus delicadas manos recorriendo mi pelo mientras me decía que me quería. Sollozaba y sollozaba y sollozaba.

También había lágrimas de arrepentimiento entremezcladas. Toda mi vida me enseñaron a ocultar mi «lado» europeo. Todo lo que sabía era que mi padre venía de Dallas y eso era todo lo que necesitaba saber. Me enseñaron que había que olvidar a esos padres y madres de piel pálida. Llevaban la violencia en su sangre y la avaricia en su sonrisa, me enseñaron. Me enseñaron que eran basura. Me enseñaron que no había que preguntarse por ellas~os ni pensar en ellas~os. Siempre que escribía mi raza en los formularios oficiales, sólo escribía «nativo americano», como me enseñaron.

Pero entonces, mientras miles de antepasadas~os europeos se arremolinaban a mi alrededor y tranquilizaban mi temeroso corazón, deseé haberlas~os honrado antes. Deseé no haberlas~os repudiado. Deseé haber sabido lo hermosas~os que eran. Ojalá hubiera podido ver a través del fino muro del tiempo que domina nuestra comprensión de Europa. Ojalá hubiera podido darme cuenta de los días en que las~os europeos indígenas estaban profundamente conectados a la tierra y al parentesco. En mi mente, les dije que lamentaba mucho haberlas~os abandonado. Pero, por supuesto, no les importó. Sólo me abrazaron más fuerte y me aseguraron que estarían conmigo hasta el final.

La dulzura de esta preciosa experiencia me cambió para siempre. He llegado a creer que si no amamos totalmente a nuestras~os antepasadas~os, entonces no sabemos realmente quiénes son. Por ejemplo, me ofende mucho cuando la gente llama a las~os nativos americanos «borrachas~os buenas~os para nada». Porque al decir ésto, la gente no tiene en cuenta los siglos de intento de genocidio, violación y drogado de las~os nativos americanos. No ven la belleza de lo que éramos antes de la embestida. Y ahora, me ofende cuando la gente llama a las~os descendientes de europeos «peregrinas~os privilegiadas~os e inútiles». Porque al decir esto, la gente no tiene en cuenta los miles de años que los pueblos europeos fueron violados, torturados y esclavizados. No entienden la belleza de lo que éramos antes de la embestida. No entienden que, aunque tengamos libre albedrío y la capacidad de elegir cómo vivir nuestra vida, es muy difícil superar el trauma intergeneracional. Lo que ocurre en nuestros años de formación y lo que nuestros padres nos enseñan en esa época puede ser muy difícil de revertir.

Se calcula que entre entre 8 y 9 millones de  mujeres europeas (**ver nota final**) fueron quemadas vivas, ahogadas vivas, desmembradas vivas, golpeadas, violadas y torturadas de otra manera por ser las llamadas «brujas». Es obvio para mí ahora que estas mujeres no eran brujas, sino que eran las Mujeres Medicina de la Vieja Europa. Eran las mujeres que entendían las hierbas medicinales, las que rezaban con piedras, las que transmitían cantos sagrados, las que me susurraban aquella noche en el hogan. Esta guerra sin cuartel contra las mujeres indígenas europeas no sólo las perjudicó, sino que tuvo un profundo efecto en los hombres que las amaban. Sus maridos, hijos y hermanos. Nada hace enloquecer a un hombre como ver quemar vivas a las mujeres de su familia. Si los hombres responden a este odio con odio, el odio se transmite. ¿Y quién puede culparlos? Aunque la paz y el amor son la respuesta correcta al odio, no es la respuesta fácil ni mucho menos.

Las culturas indígenas de Europa también sufrieron una asimilación forzada por parte del Imperio Romano y otras fuerzas hegemónicas. De hecho, hace tan sólo unas décadas, a cualquier niño galés que fuera sorprendido hablando galés en la escuela se le ataba un bloque de madera al cuello. Allí se inscribían las palabras «WN», que significaban «Welsh not» (no galés). Este tipo de humillación pública le resultará muy familiar a cualquier nativa~o americano que lea esto y que haya asistido a internados del Gobierno de Estados Unidos.

Además, nuestras~os antepasadas~os indígenas europeos se enfrentaron a horribles epidemias de proporciones bíblicas. En el año 1300, dos tercios de las~os indígenas europeos fueron eliminados de la faz de la tierra. La peste negra, o peste bubónica, asoló pueblos enteros con enormes llagas linfáticas que se llenaron de pus hasta reventar. ¿Le resulta familiar?

Los paralelismos entre el genocidio de las~os indígenas europeos y el de las~os nativos americanos son asombrosos. Me sorprende que no haya más gente que no vea que somos el mismo pueblo, que ha sufrido el mismo asalto espiritual. La única diferencia entre la Historia Roja y la Historia Blanca es que estamos en diferentes etapas del proceso de guerra espiritual. Las~os nativos americanos acaban de convertirse en algo que no son. Recién comienzan a sucumbir a las tentaciones de las drogas, el alcohol, el juego, la autodestrucción y la destrucción de otros. Al igual que algunas~os nativos americanos han sido contorsionados y retorcidos por tantos siglos de abusos, también lo fueron las~os supervivientes del genocidio europeo. Ambos son completamente perdonables a mis ojos.

Ahora veo que tengo un doble deber. No sólo debo honrar y revitalizar mi cultura diné, sino también la de mis antepasadas~os europeos. Esta antigua cultura indígena europea es tan hermosa como la de las~os nativos americanos y fue igual de trágicamente asesinada y ocultada de los libros de historia.

Así que, unos años más tarde, armado con este nuevo conocimiento, viajé a Europa. Escalé una hermosa montaña en Suiza para ver si podía escuchar indicios de cantos ceremoniales en el viento. Pisé la tierra guiada por esos susurros de la abuela y el abuelo. Me arranqué un mechón de pelo del cuero cabelludo y coloqué la ofrenda sobre la Tierra, aún húmeda por el rocío de la mañana. Caminé por los bosques encantada por las nuevas vistas y olores. Y vi destellos de visiones de los pueblos de antaño. Y estaban llenos de gente de la Tierra que vivía en una comunidad armoniosa. Y tenían una música preciosa.

Cuando se puso el sol, me tumbé en la hierba y miré al cielo. En ese momento, estaba pasando por una separación muy dolorosa de una persona que amaba. Para mi sorpresa, sentí como si la Tierra arrastrara todo el dolor que yo llevaba hacia su núcleo, donde podía transformarlo en belleza. El cielo me hablaba de que no tenía que preocuparme, de que algún día volvería a ser feliz. La Tierra y el cielo me curaron ese día del gran peso que había llevado durante meses. Fue un reencuentro especial con las montañas de mis antepasadas~os.

Mi experimento con las montañas dio resultados sorprendentes: ¡Gran Tierra Nativa Sagrada de Europa sigue viva y respirando y esperando que sus hijas e hijos vuelvan a casa! Está esperando que le pidamos canciones para que le cantemos de nuevo. Está esperando que rasguemos más allá de la superficie del tiempo, en el período antes de Cristo, cuando nuestras lenguas eran prósperas y nuestros pies danzantes besaban la faz de la Tierra. Ella está esperando. Está esperando que recordemos quiénes somos. Si tienes esta ascendencia, o cualquier otra ascendencia olvidada, te pido que te unas a mí en esta oración para recordar quiénes somos. Tengo la sensación de que esta oración sanará al mundo entero.

En 2009, los arqueólogos dieron con una efigie femenina que se cree que es la Diosa de la Tierra, enterrada en suelo alemán. Las pruebas de datación por radiocarbono llegaron. Indican que esta deidad de arcilla fue moldeada por manos europeas hace 40.000 años. Hace 40.000 años. Este es el tiempo al que nos llama. Este es el mundo que ella espera que recordemos: donde el hombre y la mujer sostenían la tierra en sus manos y veían el valor y la santidad de la mujer y de la Madre Tierra. Éste es el mundo que todavía fluye por nuestras venas, por mucho que nos hayamos ensordecido. Con la oración podemos aprender a escucharlo de nuevo.

Comparo esta cultura indígena europea basada en la Tierra con la psicosis de la quema de brujas del primer y segundo milenio. No puedo evitar preguntarme cuándo y cómo esta cultura igualitaria, amante de la Tierra y que honra a la mujer, se convirtió en las~os conquistadoras~es coloniales y genocidas que llegaron a las costas americanas. ¿Será que nuestros queridas~os ancestras~os indígenas europeos fueron violadas~os y torturadas~os durante tantos miles de años que olvidaron quiénes eran? ¿Podría ser que vivieran en una olla a presión de opresión durante tanto tiempo que lo único que conocían era conquistar o ser conquistada~o? Sí, eso creo.

Nuestra tarea es sacudir la amnesia. No avergonzarnos de nuestra europeidad, sino reclamar a nuestras hermosas abuelas, reclamar a nuestros venerables abuelos, reclamar nuestras lenguas perdidas, nuestras ceremonias perdidas, nuestras patrias perdidas y volver a ser uno con la Gran Tierra Nativa Sagrada de Europa. La diáspora europea se extiende por todo el mundo, buscando en el planeta algo que vive en su interior. ¡Te prometo que lo escucharás cuando subas a las montañas de Suiza! ¡De Escocia! ¡De la Toscana! ¡De Hungría! ¡De Portugal! ¡De la Gran Tierra Nativa Sagrada de Europa! Que hayan pasado cosas malas en su seno no significa que sea mala.

Nuestra tarea es honrar a nuestras antepasadas y a nuestros antepasados, incluso a las~los que cedieron bajo el peso de la destrucción sistemática y se convirtieron ellas~os mismas~os en conquistadoras~es. Nuestra tarea es recordar que somos esa hermosa Gente de la Tierra. Aquellas~os cuyo amor y oraciones eran tan fuertes que podían llevar monolitos de piedra azul de 25 toneladas durante kilómetros y kilómetros y construir el lugar sagrado de oración conocido como Stonehenge. Éso es lo que somos. Cuando recordamos ésto, la curación de nuestros linajes cierra el círculo. Cuando recordemos ésto, ya no necesitaremos tomar prestadas las prácticas espirituales de otras culturas (aunque éso puede ser muy útil cuando no hay nada más a lo que aferrarse). Cuando recordemos ésto, recordaremos que los destinos de todos los seres están entrelazados con el nuestro. Cuando recordé ésto, encontré la totalidad de mi ser: ya no era una mestiza, sino una hija de dos grandes linajes, de dos grandes ríos que se unieron para formar una hija preciosa.

Ésta es la historia de cómo me volví completa. Algunos días, siento que el fuego y el agua viven dentro de mí. Bailan y se arremolinan el uno alrededor del otro. Por la mañana, cuando me despierto, cada uno se inclina ante el otro, honrándose como iguales, como bellos. Por la noche, cuando me acuesto, se desean buenos sueños. Me enseñan cómo podría haber sido cuando Colón pisó por primera vez las costas taínas: un encuentro de dos hermanas~os perdidos hace tiempo, abrazándose y celebrando sus culturas únicas. Me enseñan cómo pueden ser las cosas para nuestros hijas, hijos en el futuro.

Porque éso es lo que más importa, ¿no? No cómo va la historia… sino cómo termina. Cada una~o de nosotras~os tiene una pluma. Seamos coautoras~es de una historia de cómo la humanidad se enamoró de sí misma y de su Madre Tierra una vez más.

Lyla June es una autora y activista de herencia diné y europea. Su grabación musical de palabra hablada, «All Nations Rise», ha recibido casi 2 millones de visitas desde que se publicó en Facebook en 2018. Este ensayo se publicó originalmente en su página de Facebook con el título «Cómo la humanidad se enamoró de sí misma una vez más».

 

(**) Esta cifra de que «entre 8 y 9 millones de mujeres europeas» fueron exterminadas en la Caza de Brujas es algo muy debatido y según las investigaciones que hemos leido como este, no nos consta que este dato puede ser correcto, si no que sería más bien entre 40,000  a 50,000 mujeres.

 

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1 Comentario

  1. Sofia

    Sobrecogedor relato. Pero que razón lleva, pueblos hermanos odiandose por tantos siglos. Quien escribe la historia lo hace a su favor o por intereses económicos-políticos. Que malo es querer tener el poder y la razón.
    Este escrito de Lyla June nos devuelve un poco de esperanza. Tambien huvo algo bueno en el hermanamiento de los pueblos europeos con los nativos americanos del norte, centro y del sur sobre todo, que cada vez se ve mas odio de su parte a los «colonizadores» europeos.

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