Lo que el cuerpo sabe cuando caen los velos
Este texto nace de una experiencia íntima que me llevó a comprender algo más amplio sobre la memoria colectiva que habita en nuestros cuerpos.
En las últimas semanas he sentido la necesidad de escribir desde un lugar más crudo y encarnado. Lo que comenzó como una experiencia íntima durante un viaje a Ecuador terminó revelándome algo mucho más amplio: la relación entre memoria corporal, cultura y el papel de las mujeres maduras en tiempos donde tantos velos están cayendo.
Es una reflexión que une lo personal y lo colectivo, la herida y la sabiduría, el grito y la autoridad serena de las abuelas.
Desde que envié mi última newsletter a mediados de noviembre, enfocada en la palabra inuit que me tocó al alma, empecé a escribir varias veces una nueva entrega de mis “palabras desde la cueva”.
No es que no haya estado escribiendo y comunicándome durante estos tres meses – al contrario. Pero por diversas razones, estuve más enfocada en comunicarme a través de mis canales en redes sociales (por lo inmediato, por la posibilidad de recibir comentarios e intercambiar sentires, por falta de tiempo…). Yo sé que no todas usáis Instagram o Facebook, o bien os conectais poquito allí.

Así que en las últimas semanas me he dedicado a publicar esas nuevas reflexiones en el Blog de Mujer Cíclica, para poder compartir los enlaces contigo al final de este mensaje. Esas reflexiones tuvieron mucha resonancia y quiero que también tengas la posibilidad de resonar con ellas. Además, tienen mucho que ver con lo que quiero transmitir hoy.
Vengo de pasar dos semanas y media en Ecuador, en este nuevo ciclo de vida que se abrió desde que mi hijo se fue de casa y yo cumplí 50.
Coincidiendo con el poderoso tránsito de esta luna nueva de febrero, con eclipse solar, me encuentro de camino a Argentina. Y desde este umbral, tengo muchas ganas de compartir contigo algunas de las muchas semillas que he recibido en este viaje a ‘la mitad del mundo’ y que están enraizando dentro mío con mucha fuerza.
En particular quiero compartir contigo lo que he podido integrar de la experiencia que tuve con la abuela y partera Luzmila en los días que pasé entre el volcán Mamá Cotacachi y el Taita (papá) Imbabura.
Uno de los regalos más grandes de estos días en Ecuador – que parece que hubieran sido meses – es el tiempo compartido con diferentes abuelas indígenas. Me he conectado de forma más profunda con su medicina, su presencia y su sabiduría, que anhelo cada vez con más vigor.
Mi amiga Camila, que fue quien me invitó a ofrecer en Cotacachi el retiro sobre el mito de Inanna para honrar el rito de paso de la menopausia, me recomendó hacer una “limpia” con Luzmila. La abuela Luzmila, una mujer pequeña y con una voz dulce de niña, realiza una práctica poderosa con diversas plantas y elementos que pueden absorber y transmutar lo que nuestro cuerpo carga y está preparado para liberar, incluyendo la ortiga negra.

Fui a su casa, un espacio sencillo donde también se hace la formación de parteras tradicionales. Ella me esperaba en el patio con una gran sonrisa y preparada para empezar. Primero me limpió con una copalera llena de palo santo y luego con otras plantas frescas, pasándolas por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, con mucha fuerza y claridad.
Cuando me sentí en confianza, le pregunté sobre la ortiga y sus cualidades. Me avisó que era algo muy potente y yo decidí abrirme a recibir también en mi cuerpo la medicina transformadora de la “ortiguita”. Así la nombra, cariñosamente.
La intensidad del dolor y la sensación de fuego quemando mi piel fue aumentando, desde el primer contacto en la coronilla, después en las cervicales y finalmente en la zona lumbar que siempre ha sido un lugar muy delicado para mí. Fue sobre todo en el área del sacro que sentí algo muy fuerte liberándose. Luzmila y su hija me animaron a gritar. Sentí su presencia firme y tranquila, confiando plenamente en la ortiguita.

Algo se abrió. El fuego en el sacro seguía subiendo, como una memoria antigua que iba despertando hasta que, de pronto, salió de mi boca un grito profundo, crudo, no pensado, no construido. Un grito que no parecía venir solo de ese momento, sino de muy atrás.
Conecté ese grito con un recuerdo que había surgido justo el día anterior en una sesión de shiatsu, cuando las manos amorosas de una mujer muy sensible y con una profunda comprensión sobre el sistema nervioso tocaron mi zona lumbar. Emergió entonces el recuerdo que llevaba décadas guardado en el cuerpo, de cuando tenía once años y viví una experiencia de muchísimo miedo y abuso sexual por parte de mi vecino. En aquel momento, me paralicé totalmente. Mi voz desapareció, no pude gritar. Mi cuerpo se quedó congelado, no pude moverme, solo temblar.
Sentí muy claramente que en la “limpia” con la Abuela Luzmila el grito que no había podido salir hace 40 años, emergió por fin. Y mientras atravesaba mi vientre, mi garganta, mi boca… sentí algo más grande que mi historia personal, como si ese grito no fuera solo mío, sino también un grito colectivo y transgeneracional.
Entonces comprendí algo que viene rondándome desde que los archivos Epstein empezaron a sacudir —aunque no lo suficiente— la conversación pública. Están cayendo varios velos a la vez y va quedando a la vista una cultura que sexualiza la niñez y erotiza la juventud, una cultura que invisibiliza y desprecia a las mujeres adultas y maduras, y que protege a abusadores con poder.
Aquí es donde siento que las abuelas y el arquetipo de la Anciana se vuelven esenciales. Las mujeres que transitamos la menopausia como una iniciación estamos entrando en otra forma de autoridad: la autoridad de quien ya no necesita agradar, de quien puede escuchar el grito propio y colectivo desde un lugar enraizado, con presencia y ternura. La autoridad de quien puede sostener el temblor sin huir, permanecer cuando todo tiembla y transformar el dolor en conciencia.
En esa pequeña mujer con voz de niña, sosteniendo la ortiga negra con firmeza ancestral, sentí la poderosa medicina de todas las abuelas y ancianas sabias: no para borrar la herida, sino para devolver la voz.

Las mujeres que transitamos la menopausia como un rito de paso tenemos que tener presente que nuestro rol es muy importante: somos y seremos las que podemos nombrar lo que duele sin apartar la mirada, las que sabemos que sostener el duelo es también un acto cultural de resistencia.
Honrar a las abuelas —las que conocí en Ecuador, las que llevamos dentro, las que estamos llegando a ser— es honrar una forma distinta de poder. Un poder que no se basa en dominar ni en consumir, sino en proteger lo colectivo, en sostener una visión amplia y en decir la verdad.

Por eso lo que ofrezco en Mujer Cíclica no son simplemente actividades. Es un tejido de espacios y procesos para acompañar los grandes tránsitos de la vida.
Desde la formación como Doula de la Muerte y el acompañamiento al final de vida, hasta los retiros iniciáticos con el mito de Inanna, los espacios de duelo comunitario, los círculos rituales y las sesiones personalizados que acompaño; todo nace de una misma raíz: aprender a sostener lo que transforma sin huir.
El arquetipo de la Abuela —la Anciana que ve, que nombra, que permanece— atraviesa cada una de estas propuestas.
Creo profundamente que acompañar estos umbrales en comunidad no es solo un acto íntimo. Es también una forma de transformar el tejido cultural desde dentro.
Si sientes el llamado a explorar estos espacios, puedes conocer más aquí: https://mujerciclica.com/que-ofrezco/
En mi Blog encontrarás también las reflexiones que han ido acompañando este proceso: sobre la menopausia y el fin de la obediencia; sobre aflojar el corazón en tiempos de dolor; sobre sanar juntas como camino personal y político; y sobre el poder cultural de las mujeres mayores.
Todo forma parte del mismo tejido. A veces el dolor de estos tiempos es muy intenso. Y a la vez algo se está moviendo en lo profundo. Cada vez que una voz que estuvo congelada vuelve a hacerse oir, el tejido colectivo se reconfigura un poco.
Gracias por estar aquí. Gracias por sostener este tiempo conmigo, desde este viaje soñado y sanador en las Américas.
Lecturas relacionadas
Este texto forma parte de una reflexión más amplia que estoy desarrollando en Mujer Cíclica sobre menopausia, duelo y transformación cultural.
Si quieres profundizar, puedes leer también:
Menopausia y el fin de la obediencia: Entre mito, antropología y soberanía femenina

Muchas veces me siento como puente entre saberes e investigaciones publicadas en el mundo anglosajón —mi lengua materna— y el mundo hispanohablante.
En diciembre leí un texto sobre la menopausia publicado por Nicole Seeger que me resonó profundamente. Lo traduje al castellano y lo publiqué en mi perfil de Instagram. Se convirtió en el post más leído, compartido y comentado desde que abrí este espacio.
Comparto esa traducción —que me inspiró profundamente— y después, una lectura antropológica que ayuda a situarla.
Aflojar el corazón en tiempos de dolor: Bajo los cipreses, guardianes de los duelos

En medio de noticias que duelen y duelos que atraviesan el cuerpo, me detengo a reflexionar sobre lo que significa comenzar un nuevo año sin forzar optimismo, ni negar lo que quedó pendiente de llorar.
Este texto es una invitación a aflojar las defensas, a abrir espacio para el dolor personal y colectivo, y a descubrir que cuando lo compartimos sinceramente, algo se transforma: el corazón se suaviza, la presencia se ensancha y la soledad se vuelve compañía.
Sanar juntas: un camino personal y político. Una reflexión desde Mujer Cíclica

Este texto nació primero como una reflexión que compartí en las redes sociales de Mujer Cíclica, a partir de una sencilla pregunta que me hizo parar.
La respuesta fue mucho más grande de lo que imaginaba: resonó profundamente en muchas mujeres, abrió conversaciones, conexiones y reflexiones compartidas.
Por eso siento el deseo de dejarlo también aquí, para que pueda leerse con más calma. No como una respuesta cerrada, sino como una reflexión en voz alta sobre el vínculo que siempre hubo entre lo personal y lo político, en mi camino y desde Mujer Cíclica.
Menopausia y el poder de las mujeres mayores

En los últimos años, la conversación pública sobre la menopausia ha vuelto a centrarse con fuerza en las hormonas. El renovado interés por la terapia hormonal sustitutiva muestra hasta qué punto seguimos leyendo esta etapa principalmente en clave de déficit: algo desciende, algo falta, algo debe compensarse.
En este texto, afirmo la necesidad de ampliar la pregunta. ¿Y si la menopausia no fuera solo una carencia hormonal, sino una reorganización profunda cultural con implicaciones sociales?




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