Parar para descansar… y llorar aquello que tenemos pendiente

 

Foto: Gemma Polo

Foto: Gemma Polo

 

Voy aterrizando lentamente tras unos días de descanso profundo en la montaña. Quiero compartir con vosotras una reflexión que surgió a partir de la experiencia de PARAR durante varios días. Ya me había pasado otras veces, pero en esta ocasión tengo ganas de escribir algunas palabras sobre ello. También me encantaría saber si es algo que has experimentado, sin pretender hacer generalizaciones basadas solamente en una experiencia personal.

 

En el momento de entrar en un espacio de NO HACER, al dejar de llenar mi tiempo con actividades que dirigen mi energía hacia fuera, de repente empezaron a fluir lágrimas y más lágrimas. Inesperadamente, durante los primeros días salió muchísima tristeza que al principio no era consciente que estaba conteniendo. Llevo muchos meses trabajando intensamente y de nuevo me he dado cuenta de que cuando estoy ocupada, no dejo espacio para simplemente sentir y permitirme ser vulnerable. Cuando sucede algo doloroso y sigo en la acción, ese dolor obviamente sigue presente en mi cuerpo, y es en los momentos de descanso consciente que aflora de nuevo, pidiendo mi atención y amor.

 

Durante estos días, me he permitido llorar a fondo la noticia del cáncer de pecho de mi querida madre y los meses de quimioterapia que ha aguantado con tanta fuerza. Y no sé si a ti también te pasa, pero a veces, cuando empiezo a llorar por algo en concreto sin contenerme, abriendo mi corazón a la tristeza, poco a poco emergen otros dolores que no había llorado plenamente, y parece que se abre un río infinito de lágrimas.

 

Cuando en algún momento le dije a mi pareja “no sé si voy a poder parar de llorar”, ella respondió simplemente: “no pares”. Y me di cuenta, de nuevo, del enorme regalo que es tener a tu lado a alguien que no intenta cambiar ni arreglar ni detener tu tristeza o tus sollozos. Con este permiso completo, algo se suavizó en mí a otro nivel más profundo y con ello floreció una sensibilidad mucho más sutil a la belleza de nuestro entorno: las gotas de roció en las telarañas y de lluvia en la hojas, las caricias del agua del río, la aparición de estrellas, una por una, con la llegada de la noche, piedras y más piedras en forma de corazón…

 

La sensación que me queda ahora es de ternura y de lentitud. Y desde allí estoy tomando algunas decisiones claramente distintas a las que tomo cuando estoy en fase activa. Hablando de arquetipos, me siento muy conectada con la Anciana y con su capacidad de ver lo que realmente es esencial.

 

Me comprometo de nuevo a permitirme el espacio en el día a día a sentir los pequeños y grandes dolores que trae la vida y que son la puerta a una inmensa sensibilidad y belleza cuando los abrazo y no los reprimo.

 

Por último, la reflexión o pregunta que me surgió a raíz de esta experiencia: ¿No te parece que una gran parte de la hiperactividad de nuestra sociedad tiene que ver con evitar el dolor y la tristeza que muchas veces solo surge cuando paramos y giramos nuestra mirada hacia dentro? (¿o que sale en forma de enfermedad?).

 

¿Has tenido alguna vez una experiencia parecida cuando has parado durante varios días?

 

Por favor deja tu comentario abajo.
Gracias por leerme.

 

Sophia

 

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